Thursday, Dec 13, 2018
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La escena y el saque: Dürrenmatt y Federer

Nadal y Federer

En este espacio preguntamos alguna vez sobre la primera imagen, el santo y seña más elemental que nos llega a los latinoamericanos sobre Suiza. Salen a relucir los relojes, los chocolates, la paz;  hasta aquella frase de “la Suiza de América”, que se atribuyó muchas veces a Uruguay y también en algún momento a Costa Rica.

Quien redacta estas líneas tendría que agregar dos nombres. El del gran dramaturgo, narrador y también pintor Friedrich  Dürrenmatt que nos llegó, a los que nos dedicamos al teatro y también a los espectadores más fieles, sobre todo a través de su extraordinaria obra La visita de la vieja dama. Esa señora, Clara, que regresa –con el cuerpo destrozado y los millones latiendo en la cartera- a su pueblo natal; ese personaje que plantea a sus antiguos vecinos la obligación de cometer un crimen si quieren prosperar económicamente… resulta uno de los mejores argumentos de toda la dramaturgia del siglo XX.

Tras su estreno en Zürich en 1956, La visita… llegó al espectador madrileño tres años después, con traducción de Fernando Díaz Plaja. El acontecimiento se produjo en el Teatro Español de Madrid, el 3 de octubre de 1959. La puesta en escena estuvo a cargo de José Tamayo y el rol protagónico fue asumido por Irene López Heredia.

   Valdría la pena conjeturar sobre las reacciones del público en aquella España que se sacudía de la etapa más dura de la posguerra
y recién reanudaba sus relaciones con los Estados Unidos. Lo que la Segunda Guerra Mundial separó en el momento del estreno que nos ocupa, la Guerra Fría y la conciencia de la Unión Soviética como enemigo común estaba logrando unirlo. La bonanza que la millonaria señora lleva al pueblo de Güllen podría relacionarse con la prosperidad que los españoles esperaban de la apertura de las puertas de Occidente.

En América Latina también ha sido llevada a las tablas con frecuencia la obra teatral que habría bastado para inmortalizar a su autor. En Argentina llega temprano. En 1960 se estrena en el teatro Astral de Buenos Aires.

  Se vieron bastante en nuestros países las varias versiones cinematográficas. Tal vez fue la que se estrenó en 1964- protagonizada por Ingrid Bergman- la que alcanzó mayor circulación.

  Los cubanos pudimos verla en un espacio televisivo  (Teatro ICR, se le llamaba) por el que pasaron buena parte de los clásicos.

  A principios de este siglo cumplí uno de mis sueños como dramaturgo trabajando el texto para el grupo Vital Teatro.  No puedo llamar versión al texto que dirigió Alejandro Palomino y protagonizó Gina Caro. Amo demasiado cada parlamento de Dürrenmatt como para agregar más allá de unas pocas oraciones y los cortes procuré que fueran los menos posibles.

Una Cuba que salía de años de austeridad y de igualitarismo tenía mucho que ver con La visita de la vieja dama. El público habanero se identificaba sobre todo con esa zona de la obra en la que ya están planteadas las terribles condiciones de la millonaria. El pueblo se ha negado a matar a uno de sus hijos, pero la gente sigue consumiendo, endeudándose, haciendo suyo un nivel de vida del que le costará desprenderse para volver a la austeridad y hasta a la miseria.

 Por otra parte, el saque, la elegancia en el juego, la precisión de Roger Federer la puedo comparar con el mecanismo de relojería dramática que el gran autor suizo aplicó en La visita de la vieja dama. Los enfrentamientos del virtuoso de Basilea con Rafa Nadal han logrado enamorarnos del tenis a muchos que seguíamos muy poco ese deporte.

 Nunca olvidaré la final de Wimbledon y las más de cinco horas de titánica lucha entre Federer y Nadal. Esa larga tarde de televisión- en Murcia, en la España profunda y casi recién llegado de nuestra Habana– me dio la certeza de que seguir el virtuosismo técnico y la templanza emocional de uno de los más grandes tenistas de todo los tiempos, me acercaba a Suiza tanto como el pulso dramático y el singular talento para crear situaciones y pintar personajes de uno de mis autores preferidos.

Amado del Pino

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